Antes de avanzar con cualquier archivo conviene dejar por escrito qué hacemos, qué no hacemos y cómo tratamos la memoria de otros. Estas precisiones no son un trámite: evitan malentendidos y protegen tanto a quien consulta como a las familias cuyos papeles pasan por nuestras manos.
Consentimiento antes que relato
Cuando se registra un testimonio oral, se pide autorización explícita para grabarlo y para citarlo. Si la persona prefiere que algo quede fuera, queda fuera. No publicamos fragmentos atribuibles a alguien identificable sin ese permiso, aunque el dato parezca menor.
Contraste, no conclusión
Un relato oral, una carta o un diario son fuentes, no veredictos. Los cruzamos con partidas, contratos y mapas cuando existen. Cuando no coinciden, lo señalamos como discrepancia en lugar de elegir la versión más cómoda.
Datos de terceros
Los documentos familiares suelen mencionar a personas que nunca pidieron aparecer en una investigación. No difundimos nombres, direcciones ni situaciones personales de terceros sin autorización de quien pueda otorgarla.
Un proyecto editorial, no un equipo con vitrina
No publicamos biografías, cargos ni trayectorias de quienes trabajan en el archivo. El proyecto se presenta como un trabajo colectivo radicado en San Antonio de Areco, sin nombres propios ni credenciales inventadas.
Imágenes ilustrativas
Las fotografías que acompañan las secciones no retratan familias, archivos ni estancias reales. Funcionan como referencia visual del tipo de material con el que se trabaja: papeles, cuadernos, mapas y objetos de escritorio.
Sin promesas de hallazgos
No garantizamos encontrar un antepasado, cerrar una rama del árbol ni resolver un pleito de tierras. Lo que ofrecemos es un método de lectura y registro: ordenar fuentes, anotar dudas y dejar constancia de lo que todavía no se puede afirmar.
Si alguna de estas condiciones no encaja con lo que buscás, es mejor saberlo antes de empezar. Preferimos una consulta que se detenga a tiempo que un archivo armado sobre supuestos que nadie acordó.